14º Domingo de Tiempo Ordinario

En el mundo empresarial es definitivo posicionar en los consumidores el tema de la marca. La marca no solo es el logotipo con el cual se identifica un producto o serie de productos, ella misma quiere significar todo lo que es la empresa. Al parecer, una de las mayores preocupaciones de las empresas y organizaciones insertas en esta  devastadora sociedad de mercado y consumo es “el posicionamiento de la marca”. Anualmente las empresas destinan un porcentaje considerable de su presupuesto en mercadeo y publicidad intentando posicionar y fortalecer la marca de tal forma que los consumidores llegan a reconocerla e integrarla  a su vida hasta llegar a creer que al  “elegir” dicha marca se alcanza “la salvación”, la felicidad.  

Lamentablemente  quienes tienen estas consideraciones, y quienes asumen estas actitudes ante el consumismo constatan que la marca no es suficiente ni necesaria  para alcanzar la felicidad. Constatamos que no  puede haber un mundo sostenible, equitativo y feliz con los efectos devastadores del consumo deshumanizado e irracional. Cada vez son más los pobres y personas infelices porque no pueden  vivir de la marca; y solo un selecto e inhumano grupo de “afortunados” viven esclavos de la marca, de las etiquetas;  tal vez convencidos que son ellos los únicos con derecho a vivir en un mundo donde las apariencias y etiquetas determinan su actuar y su vivir.

¿Qué puede decirnos el evangelio de hoy ante la situación que hemos descrito?. En este domingo Jesús da sus discípulos una misión concreta acompañada de una advertencia: “¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos” (Lc 10,3). ¿Cuál era la marca, la impronta, el signo que acompañaba a estos hombres en el cumplimiento de la misión encomendada?. En qué o en quién basaron su confianza para mostrar el Reino de Dios a los hombres y mujeres que encontraron en el camino?. La respuesta es clara y evidente: ¡la única marca, el distintivo, el signo visible que los acompañaba era “dar testimonio del maestro”, del amor, la caridad, la fraternidad, el servicio, la solidaridad, la compasión que habían aprendido y que llevarían en su mente y en su corazón por toda la vida.

La marca del Cristiano, del católico, la hemos recibido en el bautismo y quien en verdad hace vida esta forma de ser no se deja atrapar por los afanes del mundo, por  la tentación de creer que no se puede  subsistir sin las seguridades que este ofrece: “No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias” (Lc 10,4). El que se ha dejado traspasar por la marca del Señor tiene claro que va a entregar a todos la paz que solo viene de Dios; no se deja enredar por rencores, disgustos y discordias: “Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa” (Lc 10,5). Pero sobre todo,  el discípulo de Jesús, es decir el que lleva en sí la marca de Jesucristo, es una persona sencilla, cálida, amable;  su presencia en medio de los otros es para servir, curar y dar esperanza: “ … comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decir: Está cerca de vosotros el Reino de Dios”(Lc 10,9).

Jesús fue el ungido del Padre  y con su sacrificio en la cruz nos ha marcado desde el día de nuestro bautismo para vivir en el mundo de una manera novedosa y distinta. Con la gracia del Espíritu Santo podemos construir una sociedad diferente en la cual las apariencias, las marcas efímeras el consumismo no sean el centro ni la razón de vivir de los seres humanos. Solo relacionándonos con los demás con los mismos sentimientos de Jesús podremos vencer el señorío del mal que se desploma y pierde sentido por  la fuerza, por la marca  de la buena noticia de Jesús que permaneciendo en nuestro corazón  se hace realidad en medio de todos aquellos con quienes compartimos la vida. 

No lo olvidemos; Dios nos lo ha dado todo, nos ha “marcado” con los signos del  amor, la misericordia y la paz; en nuestras manos está hacerlos visibles., la marca que vale es la que ha hecho que nuestros nombres puedan estar inscritos en el cielo.