Jueves de la Octava de Pascua

Hechos de los Apóstoles 3,11-26.   Salmo 8.    Lucas 24,35-48

En la alegría que expresamos y comunicamos estos días por la Resurrección de Jesucristo, dejamos que la palabra de Dios nos vaya dando la  ruta para encontrarnos con el Resucitado y experimentar así la acción salvadora del  Padre bueno y misericordioso que confirma su victoria sobre el mal devolviendo la vida a su Hijo y haciéndonos partícipes de sus dones.

En esa ruta estamos leyendo en la primera lectura el libro de los Hechos de los Apóstoles, las primeras acciones de los discípulos del Señor, que empiezan a vivir la presencia de Jesús realizando las mismas acciones que hacía su Maestro. Este encuentro de los Apóstoles con los primeros cristianos provenientes del judaísmo, requería constantemente el ejercicio interpretativo del antiguo testamento a la luz de la acción salvadora de Dios en Jesucristo.

 Era necesario presentar una sólida continuidad en el proyecto de Dios trazado desde antiguo: "El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha manifestado la  gloria  de su siervo Jesús" (Hch 3,13). Era indispensable recurrir al Dios fiel que se ha manifestado en la historia del pueblo de Israel que, aunque este pueblo rechaza a Jesús realizando una acción injusta ante un inocente, es un Dios que continúa manifestando su propósito de salvar a su pueblo haciendo suya la causa de Jesús, devolviéndole la vida que la había sido arrebatada: "Vosotros rechazasteis al Santo y al Justo... y matasteis al autor de la vida. Pero Dios lo ha resucitado de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello" (Hch 3,14)

Por eso no se cansarán los Apóstoles de insistir a todos aquellos que los escuchen, que realmente crean en Jesucristo y crean en lo que Dios ha hecho en Él. Lo proclamarán porque el mismo Resucitado tuvo varias veces que "ponerse en medio de ellos" para calmarlos y afianzar su fe llena de dudas y temores.   No es un acuerdo a puerta cerrada que hacen los Apóstoles y seguidores de Jesús para elaborar una gran mentira, el evangelio insiste: "Aterrados y llenos de miedo, creían ver un fantasma" (Lc 24,37)  y es el mismo Jesucristo que les ayuda a creer: "¿De qué os asuntáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Ved mis manos y mis pies; soy yo en persona. Tocadme y convenceos de que un fantasma no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo" (Lc 24,38-39)   

No es esfuerzo humano tener una experiencia real con Jesucristo Resucitado, es necesario leer y releer estos textos, para que ellos permitan que el Señor disipe con su Presencia nuestras dudas y temores. Sólo Jesucristo puede abrir nuestra inteligencia para que comprendamos lo que vivimos en cada Eucaristía y en cada situación de nuestra vida y de nuestro  país: ¡Señor ponte en medio de nuestras circunstancias para que desparezcan los odios, los rencores y las venganzas, de tal manera que creyendo en tu acción poderosa  y eficaz creamos en el hermano, lo perdonemos y si es necesario reparemos lo que nuestro pecado destruyó! Amén