Miércoles de la Octava de Pascua

Hechos de los Apóstoles 3,1-10.    Salmo 104.     Lucas 24,13-35.

La Palabra de Dios de esta octava de pascua va a presentarnos cómo la Resurrección de Cristo hizo que todos los que conocieron a Jesús, reelaboraran absolutamente todo en sus vidas; replantearan sus tradiciones, su manera de pensar, de actuar y de relacionarse con Dios. La transformación del universo desde la Resurrección del Señor quedó plasmada en las escenas de los hechos de los apóstoles, Evangelios y Cartas del nuevo testamento que dan testimonio cierto del acontecimiento Salvador. Sin embargo como lo veremos en estos textos, no es logro humano descubrir al Resucitado, al contrario, es el Resucitado quien tiene que asistir continuamente a sus discípulos y enseñarles a vivir transformando el mundo con tal  fuerza sobrenatural que de ahora en adelante vivan absolutamente confiados en el poder de Dios: "Pedro le dijo al paralítico: No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar" (Hch 3,5)

La hermosa escena del evangelio de hoy requiere más de una reflexión y de este breve tiempo para entenderla; es todo un camino, un proyecto de vida lo que aparece en este encuentro de Jesús y los discípulos que se dirigían a la aldea de Emaús. Somos cada uno de nosotros, es la Iglesia y es el hombre contemporáneo que, mientras va de camino, lleva grabadas en el  corazón las experiencias de dolor, tristeza, frustración y por qué no decirlo, derrota. Lo fantástico del texto es que frente a tal agotamiento, Jesús sale al encuentro y empieza a caminar con ellos, aunque sus discípulos no le reconocieran, actitud en la que repara el  Evangelio: "Pero sus ojos estaban ofuscados y no eran capaces de reconocerlo" (Lc 24,16). Jesús sólo necesita que ellos se desahoguen, que expresen los acontecimientos vividos, que hagan memoria, para que Él pueda ofrecerles el  punto de vista desde Dios: "Y empezando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que decían de él las Escrituras" (Lc 24,27)

No hay otra manera de conocer a Jesús que no sea descubriéndolo en la Palabra y en la fracción del pan. Él mismo antes de morir fijó en la memoria de sus discípulos la manera como lo debían  hacer presente, por eso ellos descubren a Jesús cuando parte el pan y se dan cuenta que su nueva presencia es real pero diferente; se puede sentir y hasta tocar pero no se puede atrapar ni encasillar. Jesucristo Resucitado está en medio de ellos y la muestra es lo que ahora están viviendo: "No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las  Escrituras" (Lc 24,32)

Su regreso del lugar de los muertos es una realidad; vive para siempre y no queda más que correr, reelaborar el camino y comunicar a los demás el anuncio de la buena noticia que también sus amigos están viviendo: "Es  verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaban lo que les había ocurrido cuando iban de camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan" (Lc 24,34-35)