Sábado de la Octava de Pascua

Hechos de los Apóstoles 4,13-21.    Salmo 117.     Marcos 16,9-15.

Hoy termina la octava de Pascua, ocho días intensos en los que la Palabra y la liturgia nos ayudaron a sumergir en el acontecimiento de la resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. Termina la octava, pero no el tiempo de Pascua; todos necesitamos recurrir a Jesucristo el Señor de la vida para recuperar  lo que el pecado  y la muerte siempre dejan a su paso: heridas y desolación.

Recogemos estos días en el Salmo 117 y nos servimos de la alabanza del salmista dirigiendo nuestra acción de gracias al Padre por actuar plenamente en la vida de Jesucristo: "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia"(Sl 117). En la vida nueva que Dios da a Jesús, se restituye la vida de todo hombre que ha sido golpeado por cualquier clase de mal. La alegría de la Resurrección recuerda que Dios tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas y que de ninguna manera las expresiones satánicas de poder pueden vencer la arrolladora fuerza del Amor del Padre manifestada en toda la vida de Jesucristo el Señor: "la diestra del Señor es excelsa, la diestra del Señor es poderosa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor"(Sl 117)

Nada podrá silenciar la proclamación victoriosa de Jesús Resucitado en el mundo, desde el comienzo es lo que expresan los Apóstoles cuando intentan callarlos:" ¿Os parece justo delante de Dios que os obedezcamos a vosotros antes que a él? Por nuestra parte, no podemos dejar de proclamar lo que  hemos visto y oído" (Hch 4,19). Es el momento de dar gloria a Dios, como lo hizo Jesucristo al entender su vida y su muerte, desde la acción fiel y amorosa de Dios a la humanidad, por eso sus seguidores no pueden hacer nada menos que glorificar al Padre por resucitar con la fuerza del Espíritu a su Hijo Amado.

El final del evangelio de San Marcos sintetizará los sucesos acontecidos desde la Resurrección; será la historia de muchos que dudaron y muchos más que creyeron; dejará claro Marcos que la Resurrección no es una fábula o una farsa creada por los Apóstoles y seguidores de Jesús, es un don que revela el mismo Dios en el Viviente Jesús. Independiente de la terquedad e incredulidad de muchos de los discípulos, el Señor se sigue manifestando, les deja su Espíritu para que lo hagan presente en  todo lugar y brille su Presencia con la buena noticia que transforma el universo: "Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura" (Mc 16,15)

Somos nosotros los cristianos del nuevo milenio, con buena intención o sin ella, quienes también podemos opacar la acción salvadora de Dios en la sociedad. Es necesario volver a las fuentes, recorrer el camino con Jesús y reelaborar desde la Palabra nuestro encuentro con el Resucitado, sólo así garantizaremos que estamos trabajando con la pasión de Dios en construir un mundo más humano que tenga siempre a Jesús vivo y Resucitado en el centro de la historia.