Segundo Domingo de Adviento

En el segundo domingo de adviento la palabra de Dios quiere trasladarnos al corazón del pueblo de Dios en el antiguo testamento, el pueblo de la promesa: Israel. El testimonio que dan los escritos de la antigua alianza certifican la conciencia que tiene todo el pueblo del amor fiel de Dios hacia ellos. Esa fidelidad el pueblo de Israel la recogerá en la promesa del esperado Mesías: “saldrá un renuevo del tronco de Jesé, un vástago brotará de sus raíces” (Is 11,1).  El pueblo que vivió siempre guerras y devastaciones también experimentaba la bondad de Dios que igual al retoño que brotaba de un tronco talado, así Dios reconstruía a su pueblo empezando todo de nuevo. También el pueblo de Israel tendrá el anhelo de que Dios suscite otra figura similar al rey David cuyo padre era Jesé; al que Dios ponga definitivamente como Señor esperado y rey de su pueblo. Los profetas de Israel alcanzan a vislumbrar ese personaje “sobre el cual reposará el espíritu del Señor” que hará nuevas todas las cosas, sin embargo, por el camino fácilmente se confundirán entre nacionalismos, liderazgos políticos, ideologización de las leyes del antiguo testamento y expresiones religiosas en el templo de Jerusalén. Pareciera que la promesa del verdadero Mesías que proclamaba el profeta Isaías con el tiempo dejaría de tener razón.

El evangelio de hoy presenta como en una explosión de esperanza la irrupción del último profeta del antiguo testamento Juan el Bautista. El profeta del desierto retoma con su vida y predicación la esperanza en el Mesías que viene a instaurar el Reino: “convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 3,2). El cumplimiento de la promesa de Dios se hará realidad, pero es necesario rectificar el camino y organizar la vida desde Dios. El cuestionamiento que hace Juan el Bautista a los de su tiempo es definitivo para acoger al verdadero Mesías: “¡raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar del juicio inminente? Dad frutos que prueben vuestra conversión y no creáis que basta con decir: somos descendientes de Abrahán” (Mt, 3,7).

Como dirá la carta a los Romanos hoy: “Y sabemos que cuanto fue escrito en el pasado, lo fue para enseñanza nuestra” (Rm 15,4). También lo que suscitó Juan el Bautista en el pueblo de Israel debe cuestionarnos profundamente a nosotros, nuevo pueblo de Dios, que se prepara en este tiempo de adviento a la llegada de su Salvador. No es suficiente con saber que hemos recibido el bautismo y que hacemos parte de la Iglesia, tenemos que dar frutos de conversión y de vida nueva que manifieste el paso transformador de Dios que todo lo ha renovado y purificado con su amor.

En esta segunda semana de adviento participaremos de muchas celebraciones y fiestas que han de manifestar nuestra fe y nuestro deseo de vivir un ambiente familiar sano y agradable. Alegrarnos por ser católicos, alegrarnos porque las promesas que a lo largo de mucho tiempo tantos esperaron se hicieron realidad en Jesucristo y en la vida de su Iglesia son suficientes motivos para corregir nuestro camino y evitar situaciones que nos lleven a pecar y no dar testimonio de nuestra condición de creyentes. Le pedimos a la virgen María y a san José que nos ayuden a vivir confiados siempre en Dios que es fiel y cumple sus promesas.