Segundo Domingo de Pascua

Hechos 5,12-16    Salmo 118 (117)    Apocalipsis 1,9-11a.12-13     Juan 20, 19-31

"No temas; yo soy el primero y el último; yo soy el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo en mi poder las llaves de la muerte y del  abismo" (Ap,1,17 b)

Nos encontramos ahora transitando por el camino de la pascua llenos de alegría por el Señor resucitado. Como bien nos hemos dado cuenta, los relatos de los evangelios que hemos escuchado estos días, dejan en evidencia la tristeza, miedo y perplejidad en que quedan los discípulos después de la muerte de Jesucristo. El hecho los ha dejado atónitos, desconcertados: "…estaban  reunidos los discípulos en una casa con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos" (Jn 20,19);  sin embargo también los textos bíblicos nos dejan ver que Jesús no los ha abandonado; él es quien se pone en medio de ellos y les da la paz, la fortaleza y la esperanza que necesitaban.

La evidencia y el reconocimiento de que Jesús está vivo no surge de un convenio o acuerdo entre ellos; al contrario,  es el mismo Señor quien revela su identidad permitiéndoles que lo descubran de una manera nueva: "Y les mostró las manos y el costado" (Jn 20,20). Jesucristo al mostrarle sus llagas gloriosas les hace ver que la muerte ya no tiene poder ni dominio porque ha sido vencida por la  resurrección. Las llagas quedan como testimonio de la acción poderosa del Padre en el viviente Jesús, Señor de la vida y de la muerte.

Esta experiencia poderosa de vida que Jesucristo ha compartido no podía quedarse encerrada únicamente dentro de este grupo de creyentes; la fuerza del resucitado es tal que la proclamación de la resurrección de Jesús se convertirá en el mensaje central de la fe de estas primeras comunidades; mensaje que hasta la actualidad sigue transformando la vida y el corazón de tantos hombres y mujeres de fe que han encontrada en las palabras y obras de Jesús el sentido de sus vidas.  Estos hombre y mujeres han vivido el perdón, la misericordia, la paz que solo proviene de Jesús y que como cristianos católicos estamos llamados a compartir y a transmitir. Como lo firma Juan en su evangelio: el encuentro vivo con el Resucitado va acompañado del perdón para poder empezar de nuevo: "A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengáis, Dios se los retendrá" (Jn 20,23). 

Ahora entendemos lo que le sucedió al  grupo de seguidores de Jesús quienes, después de huir aterrorizados por la muerte de su Maestro, al descubrirlo vivo en medio de ellos, muestran las maravillas que Dios ha obrado, las palabras de bondad y caridad y los signos y prodigios hechos por Jesús.  El evangelio de este segundo domingo de la misericordia nos permitirá ver el camino que el Resucitado forjó con sus discípulos para que  acompañados por él, luego lo proclamaran vencedor de la muerte.

Hemos dicho que estamos de camino, y en el camino siempre aparecen dificultades, contratiempos que en ocasiones nos desaniman y no nos permiten entender con claridad lo que sucede. Algo parecido le ocurrió a Tomás, su dificultad para creer y las condiciones que pone deben ser vistas como parte del camino que todos debemos emprender para seguir al Señor. La tentación siempre será demostrar al Señor vivo en medio de nosotros. Para ello no se requieren de  shows religiosos cargados de fanatismo y emocionalidad;  la verdad es que ese camino para encontrar al Señor deja más duda e insatisfacción de lo que se cree. Tampoco el Señor necesita que demostremos su presencia con argumentaciones científicas, pues estos nunca serán suficientes para abordar el nivel de la fe. Tomás descubre de nuevo al Señor en la comunidad que reunida en su nombre ha contemplado las llagas del Maestro y en ellas tiene la certeza del Señorío del Resucitado sobre el dolor, el sufrimiento y la muerte. Ahora a Jesús se le ve de manera real en las llagas sangrientas y dolorosas de la enfermedad, la pobreza, el hambre y el dolor de los que sufren. La nueva relación con Jesús resucitado, pasa a través de su comunidad, la Iglesia que no se distancia de la miseria humana; al contrario la asume de la misma manera como Dios asumió  la humanidad. 

Por lo anterior; nuestra actitud misericordiosa con el sufrimiento de los hermanos, nuestra vida amable y sencilla ha de caracterizarnos en este tiempo de Pascua. Que estas actitudes inunden de vida nueva a los demás que quieren creer de verdad, en el Dios misericordioso que ha resucitado a su hijo por la fuerza del Espíritu.

Ayúdanos Señor resucitado a creer sin haber visto, para que tengamos vida eterna y sepamos con tu gracia convertir todos los acontecimientos en bendiciones.