Viernes de la Octava de Pascua

Hechos de los Apóstoles 4,1-12.     Salmo 117.    Juan 21,1-14

Las lecturas de hoy van en consonancia con el estilo de discípulo que va forjando la Resurrección de Jesucristo en las primeras comunidades de creyentes. Vivir de acuerdo al estilo de Jesús, también traerá a los apóstoles los mismos problemas que le trajo a su Maestro: "Los prendieron y los encarcelaron hasta el día siguiente, pues ya era tarde" (Hch 4,3); se nota que la experiencia con el Resucitado ha hecho de ellos hombres valientes en la proclamación de la fe y ya no hay temor para decirle a las autoridades religiosas de su tiempo acerca de Jesús: "Él es la piedra rechazada por vosotros, los constructores, que se ha convertido en piedra angular. Nadie más que él puede salvarnos, pues sólo a través de él nos concede Dios a los hombres la salvación sobre la tierra" (Hch 4,11)

Esta experiencia de valentía para ser testimonio del Señor, la forjó Jesucristo Resucitado en Pedro y sus compañeros, quienes al volver a sus trabajos como pescadores en el lago Tiberíades redescubren su identidad y su misión. El texto del evangelio de hoy está lleno del nuevo significado que tiene la misión de Pedro y los Apóstoles en el mundo hasta ese momento conocido. Presididos por Pedro, la cabeza, siete discípulos van a pescar; el fracaso es total porque en la noche, signo de la oscuridad y del dominio de las tinieblas, no pescan nada. Al amanecer, signo de esperanza y del Señorío de Dios, Jesús les dice por dónde deben echar la red y entonces la pesca es abundante. La misión tiene éxito si es Jesús el que envía y ordena dónde ir y qué hacer. 

Hasta este momento todos los que van en la barca redefinen su misión: deben escuchar y hacer lo que Jesús les diga, pero en la siguiente parte de la escena evangélica, será Pedro como cabeza el que ha de redefinir a la luz del  Resucitado su papel en la comunidad que va creciendo como la pesca abundante. La pesca esta aun atrapada en el mar contenida por la red, pero inamovible por el peso y la cantidad; al saber Pedro que era Jesús, empieza a recordar su papel en la comunidad: "se ciñó un vestido....y se lanzo al agua"(Jn 21,7b). En un instante el Espíritu de Jesús trae a la memoria de Pedro y del discípulo amado  la última comida que compartieron con Jesús, y de inmediato Pedro recupera su identidad frente a Jesús: debe servir como su Maestro, destinar todas sus fuerzas al servicio de la Iglesia naciente que se esparcirá por todo el mundo: " Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la red llena de peces; eran en total ciento cincuenta y tres peces grandes. Y a pesar de ser tantos, la red no se rompió" (Jn 21,11)

Hoy también los cristianos necesitamos recuperar nuestra identidad, desde el servicio y no desde el poder. Hay muchos deseosos de manejar la barca, así no produzcan pesca abundante, y pocos deseosos de ponerse el delantal para servir y sumergirse en la inmensidad del mar para empujar la red. No hay pesca abundante si no se obedece al Señor y se reelabora la vida desde las acciones de servicio que son las que realmente presiden a la comunidad.