Tercer Domingo de Pascua

Hechos  5,27b-32.40b-41   Salmo 30 (29)   Apocalipsis 5,11-14   Juan 21,1-14

Los domingos siguientes a la celebración de la resurrección nos dan a conocer situaciones realmente maravillosas que nos permiten profundizar acerca del mensaje de Jesús. Es claro, la presencia del Resucitado en medio de sus amigos moldeó, transformó radicalmente la vida de aquellos con quienes había compartido y que ahora se constituían como la primera Comunidad cristiana. Así lo muestran los textos del Nuevo testamento que hemos escuchado.

El Evangelio de hoy se constituye para nosotros como una “radiografía” perfecta acerca de lo que somos como creyentes y como Iglesia y lo que podemos ser si nos dejamos interpelar por la pregunta central de el texto del evangelista Juan.  Jesucristo le pregunta a Pedro: " ¿me amas más que estos?" ( Jn 21,15) . Es clara la intención del evangelio de San Juan al invitarnos a realizar el mismo camino que hizo la Iglesia naciente.  Los discípulos, siguen a Pedro en su decisión de ir a pescar, sin dudarlo dirán: "vamos también nosotros contigo" (Jn 21,3). 

La confianza depositada en Pedro por parte de los discípulos es la misma confianza que nosotros, los discípulos del siglo XXI tenemos en el sucesor de Pedro, el Papa Francisco. Guiados por el Santo Padre,  navegamos en la barca que es la Iglesia por el inmenso mar del mundo. Como aquellos pescadores en el mar de Galilea que recuerdan los dramáticos momentos de la muerte de su Maestro, también nosotros  nos desalentamos cuando la pesca  no es abundante; sin embargo, el mismo drama desalentador se va transformando en alegría  cuando se descubre al Señor presente vivo y resucitado que reorienta la pesca y la manera de trabajar: "echad la red a la derecha de la barca y encontraréis" (Jn 21,6) . 

La narración de Juan es de vital importancia para entender el ministerio del Papa y de cada uno de nosotros seguidores del Resucitado. Según el texto,  este es el primer momento en que se encuentran de nuevo Jesús y Pedro luego de la resurrección. No olvidemos los eventos que sucedieron antes de la muerte de Jesús con Pedro. No hay pregunta que haya taladrado más a fondo el corazón de Pedro que ésta hecha por su Maestro: "Me amas más que estos?,. La respuesta de Pedro es honesta, ya no responde con la misma inmediatez y emocionalidad de otros tiempos, sabe cuánto le falta y cuán incapaz es de amar de la misma manera que Jesucristo, con humildad solo puede responder : "Sí, Señor, tú sabes que te quiero" (Jn 21,15).  El apóstol sabe que nadie puede amar con el mismo amor eterno de Dios que aun sabiendo que éste  ha negado a su Señor tres veces, lo confirma en la fe y en el amor las mismas veces. A pesar de su fragilidad, Jesús reconoce en Pedro el amor y la humildad propia de un hombre que se reconoce pecador y no por ello incapaz de cumplir con lo que el Señor quiere.  De esta misma forma debemos entender, comprender y aceptar el misterio que se encierra en la Misión que Dios le ha encomendado al Papa y por ende a nosotros sus discípulos. Dios se vale de la humildad y fragilidad de un hombre para que oriente la barca de la Iglesia, Él Papa como Pedro, respondió de manera generosa al llamado que Jesús le hizo:  "sígueme" (Jn 21, 19b)

Tal vez en muchos momentos luego de la resurrección Pedro, los demás  apóstoles y las primeras generaciones de cristianos se sintieron incapaces y poco eficientes para responder a la tarea puesta por el Señor quien le había encomendado la misión de dar a conocer el reino de Dios  anunciándolo por todo el mundo. Seguramente, más de una vez, después de las largas faenas de apostolado tuvieron la  oportunidad de vivir algunos momentos de encuentro e intimidad con el maestro; “sentados a sus pies” le contaron sus historias, las alegrías y dificultades vividas a causa del anuncio de la buena nueva. Ellos, enamorados y convencidos del nuevo proyecto de vida que implicaba dar la vida por causa del Evangelio, fueron capaces de pedir perdón a Dios y a sus compañeros por las diferencias propias de la vida en común, fueron capaces de reconocer sus dificultades pero también las fortalezas que cada uno de ellos tenía y que fueron conjugadas en torno a un solo propósito:  mostrar al mundo que el Señor había resucitado cumpliendo la promesa y que contaba con ellos para  continuar con el proyecto de salvación del Padre.

Cuando los creyentes fijamos nuestros ojos en el Papa, el capitán de la barca que es la Iglesia,  hemos de recordar este evangelio para entender lo que significa que nos confirme en la fe y en la comunión con Jesucristo. Que también nosotros podamos ser valientes y en medio de nuestra timidez e incapacidad, respondamos a la voz del Señor que nos dice: “sígueme”, sube a la barca de la Iglesia que continúa navegando en el inmenso mar del mundo que requiere de pescadores de hombres que sean capaces de cuidar a los corderos y ovejas del rebaño. Sabemos que cada uno de nosotros, al igual que el Papa o  los discípulos, experimenta en la vida momentos de fragilidad y pecado; pero también, como lo hizo  Pedro,  con tristeza, fe y esperanza podemos decirle  al maestro:  "Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo" (Jn 21 17 b).